Capítulo 9 – Volvamos al principio.
Durante más de un año mi rutina consistía en pescar clientes, pero en realidad tengo la sensación de que ellos me pescaban a mí.
Cómo lo explico….Básicamente lo del veterinario no funcionó, no por nada, es un chico que le gustó más a mi madre que a mí, era buena persona… un buen candidato, en muy mal momento. Digo mal momento porque no podía pensar en otra cosa que en sacarme las castañas del fuego, y aunque él podría haber sido perfecto para acompañarme en los malos días y disfrutar de los buenos, no sentía que fuera justo para él, si agotado de trabajar 12h aun así fuera el único que se acordara de llamar a la otra persona para ver como estaba. Yo simplemente no tenía interés suficiente.
Pasó un año entero y no quise nada que ver con hombres, y cierto día, sin más, me dije que llevaba más de 360 días sin haberme acercado a uno, grave error, porque me desaté. Me desaté hasta tal punto de decirme a mí misma que ya no reconocía mi cuerpo, la app de Tinder sonaba todo el tiempo en mi móvil, en la playa no me podían prestar un poco de crema solar sin que hubiera intercambio de números, y para qué decir más… si cuando llamaba para agendar las citas de Herbalife, aprovechaban para tirarme la caña y yo, pues mira, por qué decir no. Qué indecencia.
Creo que en parte podía deberse a la sensación de estar viviendo siempre al límite. Apenas llegaba para comer, eso de vender productos de Herbalife está bien como extra, al rededor de 200 euros al mes a base de vender batidos y vitaminas no iba mal, aunque el trabajo que conllevaba llegar a ese número no valía la pena el esfuerzo. Especialmente por el machaque constante de las personas acusándote de vender un producto que servía más para el escandalismo mediático que para los anuncios de la Champions. Me servía más la técnica contraventa, que cualquier otro método comercial…
Y así estuve, teniendo que pedir ayudas básicas de alimentación, y yendo a comer a comedores sociales. No me importó eh, honestamente, habría sido peor no ir. Es decir, ¿qué haría uno en esa situación si no, robar? Porque trabajar no estaba funcionando, y mejor que pedir limosna, simplemente me plantaba en la puerta del centro a que me llamaran para entrar.
Qué bonica la gente, que a pesar de no tener dos duros, me regalaban leche o queso los que no tenían nevera donde guardarla… porque de ahí, era la más afortunada. Nunca los miré por encima del hombro, merecían tanto respeto como yo.
Creo que ya lo mencioné, ¿no? la amabilidad de los tinerfeños es inigualable, no solo me daban toda la ayuda que necesitara, un amigo incluso, me compró vestuario nuevo el día de mi cumpleaños. No una camiseta del Primark, no… pantalones, camisas y complementos…100 euros me regaló. Aun no me hago a la idea. Lo importante era mantener la actitud, siempre con optimismo y alegría, porque eso era lo único que pedían ellos de mí a cambio, que siguiera sonriendo.
Durante un tiempo estuve así, pero se me cruzaron los cables cuando me paré a mirar a mi al rededor y me di cuenta de que no podía sostener esa situación eternamente, de que un año vendiendo Herbalife no me servía ni para pagar mi propia comida y alquiler sin tener que elegir pagar una cosa u otra, y aunque subarrendase la habitación, ¿Era justo que el otro lo pagase todo solo? Definitivamente no. Decidí pararme de verdad a reflexionar, si no quería que me siguieran tomando el pelo en cualquier bar de esquina o souvenir, era momento de elegir una profesión.
Ahí fue cuando sentada en el sofá como un vegetal, y digo esto porque ni siquiera pestañeaba de lo concentrada que estaba en mi mente. Volví a hacerme aquella pregunta, la de «qué se me da bien y qué me gusta tanto que lo haría aunque no me pagaran», y dado que ya había descartado el adiestramiento y lo del guarda forestal, solo quedaba lo de la espiritualidad (cosa que no sabía por donde cogerla) y lo artístico. Me acordé de los test que hice cuando aun iba al instituto para descubrir mi vocación. 85% creatividad y el resto era sociales.
Sabía utilizar Photoshop porque con 17 años me vendieron un curso por teléfono y lo compré, y aunque seguro pagué más de la cuenta por hacerlo con CEAC, no me arrepiento. De ahí decidí aprender Illustrator, pero esta vez con Youtube. Me propuse hacer una ilustración cada día para probarme a mí misma y ver si esta vez había acertado. Se ve que sí.
Abandoné la venta de Herbalife y con eso la casa, mi compañero de piso y yo nos fuimos a La Laguna a casa de un amigo suyo, y yo me apunté a un curso de Cáritas donde además me pagaban para sacarme el título de Técnico de Gráficas. 200 euros me daban por asistir a clase, ya que todos los trabajos que nos daban para aprender del gremio, se utilizaban en el servicio de la empresa, éramos mano de obra barata, mitad dinero mitad conocimiento.
Todos en el curso estaban al tanto de mi situación y Cáritas apostó por mi dándome cobijo en la casa de acogida. Parece que fuera a menos dicho así, de hacer mi propia labor como comercial con mi alquiler en la ciudad, a vivir en el pueblo de al lado sin casa y estudiando. Era un paso atrás para tomar impulso, y creo que nunca me fue tan bien como entonces.

La casa de acogida era un edificio entero de cuatro plantas y azotea privada. Nos repartíamos las labores entre todos, unas 16 personas más o menos, porque en la casa trabajaban también los docentes de Cáritas, ellos marcaban el horario de rotación y decidían quien limpiaba la escalera y quien cocinaba, de forma que fuera equilibrado y justo para todo el mundo. Cuando habían discusiones o desencuentros nos reunían a todos como si fueran papás educando a sus hijos. Cada viernes, había reunión semanal, no solo para reeducarnos, también para que pudiéramos ofrecer propuestas de mejora. Fue gracias a mí que pudimos comer queso fresco y jamón york.
Tuve buena relación con todos ellos, recuerdo un señor de más de 80 años que siempre hablaba de política, a otro de mi misma edad que cuando entró no sabía ni hacer espagueti, a un gallego que estaba en bancarrota, a una pareja de Venezuela que llegaron por asilo político, y a un italiano fetichista de pies, que me hizo ver que debería arreglarme no solo las uñas de las manos. Eran personas tan normales como yo, que no estaban pasando un buen momento.
Cáritas tiene diferentes centros de acogida, deciden qué persona va a cada centro según sus circunstancias, y para gente como yo, que simplemente teníamos problemas económicos y necesitábamos reubicar nuestra vida, íbamos al «Ciprés», después de eso la persona tiene que hacer frente al mundo como el resto de mortales. Pero habían otros centros, por ejemplo, uno en el que solo entraban mujeres, mujeres que habían pasado por violencia de género. Y también había otro edificio donde todos tenían problemas de adicción. Hacen una labor increíble, que pasa inadvertida a los ojos de la gente…
Terminó el verano y tuve la suerte de recibir el Ingreso Mínimo Vital, que eran 400 euros al mes por la patilla, por lo que entre eso y unos cuantos euros que gané como extra los sábados en un bar, además de los 200 mensuales que me daban por estudiar en el taller de gráficas, pude reunir suficiente para buscar un alquiler y seguir estudiando el ciclo superior de gráfica publicitaria. Además, empecé a usar Tinder solo para encontrar el amor y no un rato de fiesta, asique digamos que mi vida dio otro giro de 360º cuando tomé la determinación de encauzarme. Tenía 26 años. Nunca es tarde.
A partir de aquí ya mi vida consistía en sacar buenas notas, hacer ejercicio y divertirme sanamente. Podría hablar del curso, pero el sistema educativo es el mismo da igual lo que estudies, lo de siempre vamos, te ponen una nota en base al compañero de al lado, te mandan tareas que nadie explica, te acumulan todos los exámenes de todas las asignaturas en la misma semana… en fin. Lo importante es que me dieron las bases para a día de hoy, sepa como enfocar mi propia marca y sacarle provecho a la psicología de marketing en lo que sea que emprenda.
Después de eso, llegó el confinamiento.

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