Tirar la casa por la ventana y vender Herbalife

Capítulo 8

Había decidido irme en base al miedo, cuando peores decisiones se toman. Y es curioso, podía haberme echado atrás… justo la semana que estaba empaquetando mis cosas, vi a un hombre repostando gasolina a su moto, y por alguna razón que ni yo entiendo, decidí acercarme a él.

Le dije: «¡Hola!, perdona… ¿tienes idea de donde puede haber un piso libre?» – El tipo se quedó pensando, y preguntándose seguramente de donde salía yo.
Evidentemente quiso saber más de mí, quien era, por qué, o qué buscaba exactamente. Resulta que sí alquilaba dos pisos, estaban a pocos kilómetros de nosotros, y no solo eso, al decirle que me estaba mudando para ir a la parte norte (porque ya había encontrado donde quedarme), me dice que además, podía ofrecerme trabajo en el Hard Rock Café. Le dejé mi número y le pedí que me dejara ordenar las ideas.

Realmente me lo estuve pensando un rato, mi intuición había vuelto a atinar, pero no terminaba de querer seguir corriendo la misma suerte en la que iba saltando de un trabajo a otro, y ésta vez, donde si perdía el trabajo seguramente también el piso. Luego además, cuando me llamó después de unas horas de cortesía para que lo pensase decidí no cogerlo por el simple hecho de que me llamase desde un número oculto. La sospecha me causó rechazo, así que mis últimos días en el sur decidí ir a una sesión de Constelaciones Familiares y luego vender mi moto para irme a Santa Cruz de Tenerife, o sea, la capital.


Ya había mencionado que cuando fui de turismo a la capital, pedí información de un curso de adiestramiento canino, ¿sí? Pues fue un desastre.

Fui a un refugio de animales y adquirí a Keisha en lugar de traer a Arya desde la península, pensé que me atrevería a devolver a Keisha al refugio si el curso no me gustaba, pero no soy capaz, ni siquiera entiendo cómo pude pensar que yo podría hacer algo así, como si fuera volver a una tienda con el ticket de compra. !Sobretodo porque fue ella la que me escogió a mi! De entre todos los perros que habían, ella eligió seguirme.

Participé no más de cuatro semanas pero fue suficiente para ver que el adiestrador era más bien un militar, y que poco íbamos a aprender a adiestrar perros dejándolos encerrados en el coche toda la clase, mientras el profesor demostraba cuán bien había entrenado él a su perro durante al menos 30 minutos.

Al final es lo mismo de siempre, harán lo que tú quieras que hagan si mantienes su atención en un premio, y sí, se entiende que así en realidad, no se adiestra al perro, si no al humano. Es cuestión de técnica.

El último día que me presenté a clase, pasó que además agarré con la mano desnuda un fruto que me parecía demasiado curioso para ignorarlo, dije: «¡ala que chulo esto qué es!» y cuando vieron a qué me refería todos estallaron: «no no no no! no lo toques!» Resultado, la mano llena de espinas, resulta que se trataba de una «tuna», y aunque obviamente no me di cuenta, salía de un cactus.

Aquello me llevó a entrar en la casa del adiestrador para que me dedicara a quitarme todas las que pudiese, pero era inviable, eran finas como pelos, y daba calambre rozarlas. Por lo que el rato que me llevó hizo que invitase al resto de compañeros a la casa, y ahí estuvimos de anécdotas y de risas… entre ellas por tomarle el pelo al chico nuevo, un veterinario que acababa de instalarse en la isla era además amigo del adiestrador, y no sé si porque me dio buena vibra o me pareció guapo, le pedí el número sin saber aun, que posiblemente no lo iba a volver a ver, y por suerte para mí, no me dio un número falso.

El piso en el que vivía en Santa Cruz lo compartí con una familia boliviana, la mujer estaba en plena crisis porque su marido la había engañado con otra más joven en su trabajo, y mientras ella se arrastraba por las esquinas con lágrimas a todo pulmón, él entraba y salía muy de vez en cuando sin un ápice de tristeza en la cara.

En ese momento no me quedaba ya dinero ahorrado del trabajo, se había acabado el verano y tocaba volver a hacer ronda de currículums, pero el centro no se parecía nada de nada al sur. Mientras que en el sur en menos de una semana me llamaban de un souvenir, un bar, un hotel, o cualquier tienda… en el norte si llamaban, no hacían contrato, me tomaron el pelo al menos 4 veces, (hasta que empecé a reconocer los patrones) haciéndome trabajar entre 2-3 horas y luego decirme adiós sin pagarme.

Tantos despidos injustos en tiempo récord sumados a los que llevaba acumulados durante el verano me acabaron traumatizando, tiré la casa por la ventana… Decidí no pedir más trabajo, tenía que encontrar otra manera de ganar dinero porque no debía haber solo una forma, aunque no se me ocurrían muchas.

Durante un mes o dos me apañé como canguro cuidando el hijo de mi compañera de piso, además me tragué el orgullo y le pedí a mi madre 100 euros para comprar comida. Intenté también ver si funcionaba eso de rellenar encuestas en las que dicen que te pagan… pero apenas son unos céntimos si la página no te echa a la mitad del cuestionario, cosa que a mi me ocurrió siempre. Total, que es un bulo. Y al final, me quedaba la última baza, comercial.

Empecé a vender productos de Herbalife. Decidí esa empresa y no los cosméticos de Mary Kay porque tiro más a lo naturalista, sin más. La idea de ayudar con la alimentación me parecía más manejable que la de decirle a alguien cómo maquillarse y con qué. Sobretodo porque en comparación con tiendas de cosméticos, hay menos gente ofreciendo multivitamínicos en polvo… Aunque es cien veces más difícil venderlo.

Mi primer mes sentí el rechazo en la calle como guantazos a mano fría. Me giraban la cara tras un repaso de arriba a abajo y me huían antes de empezar a hablar solo por cómo iba vestida… y eso que no llevaba traje, corbata ni maletín. Pero mi ropa estaba cedida de las lavadas y el uso, además me gustaba llevar roturas en los vaqueros, que se iban estirando y dejando más piel desnuda que tela entera. O sea, que iba como un vagabundo, las cosas claras.

Pero no cedí, el hecho de decidir por mi cuenta cuánto rato le iba a dedicar a ganar dinero, tener la libertad de si ir por una calle u otra sin que alguien me designara una zona y de conseguir más en base al desarrollo de mi estrategia sin tener que limitarme a un protocolo… era sinónimo de libertad.

Mi compañera de piso decidió en fin de año que me marchara de la casa, no me molesté en preguntar por qué, me tenía mareada con su crisis. Un día hasta llamó a la policía, histérica perdida creyendo que le había robado a su hijo… lo digo otra vez, CREYÓ QUE LE HABIA ROBADO AL HIJO, AUN VIVIENDO JUNTAS. ¿Se puede ser más imbécil? Y todo porque el parque al que decidí llevarle a jugar era diferente al que ella solía ir. ¿Me pidió perdón por sacar las cosas de quicio? No, me echó al poco.

Lo gracioso es que no me dio ni tregua, dijo «la semana que viene quiero tus cosas fuera»… y yo, que por entonces no conocía mis derechos, pues bueno, a buscar otro sitio como loca. Pero Dios decidió salvarme, otra vez, cuando en cuestión de horas encontré en Milanuncios un piso por 300 euros u otro por 400. De nuevo, todo incluido, el de 400€ tenía 3 habitaciones, cocina moderna, dos baños y una entrada privada de esas con mini terraza. La de 300, era la azotea de arriba, «habitable» pero ilegal, con 9m2 y el resto con una terraza (la azotea en sí misma) del tamaño de toda la vivienda. No sé si escogí esa opción por las vistas y el espacio libre, o por pagar 100 euros menos. Una decisión estúpida que solo comprendí cuando pude ver las cosas con perspectiva un par de años más tarde.

La mudanza es algo que no olvidaré, porque ese fue el día en el que fuimos novios el veterinario y yo… y es que sin conocernos de más de una semana, me ayudó a llevar las cosas en plan express desde la otra casa, y no contento con eso, me cuidó habiendo cogido un virus estomacal justo la noche anterior. Así que una vez instalada, puse la película de «La fiesta de la salchicha», y nos entró el calentón mientras además, oíamos los rugidos de mi tripa diarreica.

Y no quiero que suene a comercial, lo juro, pero vender Herbalife me cambió la vida. No por el producto, al que le vi muchas cosas buenas, si no por el sistema de acción. El hecho de que fuera una empresa multinivel, generaba mucho más compañerismo que competencia.

Dicho de forma simple, en lugar de tener cinco compañeros de sección, dos gerentes, un jefe y luego un director (¡cosa que sí sería una escala piramidal!…) pues todos los que vendan el producto están en el mismo saco, y formar parte del mismo equipo ayuda a vender más, por tanto conviene. Y por eso simplemente, se crea una comunidad.

Nunca le presté atención a eso de «reclutar». Me dedicaba a ir cada día de 8am a 14pm y de 16pm a 19pm por las calles repartiendo boletos para ofrecer la charla de nutrición, lo que viene siendo la oferta del producto, vamos. Mi objetivo se basaba en recolectar los números de todos los que estuvieran interesados y de los que no sabían decir que no a la cara. Al final del día, había cumplido si obtenía entre 35 y 45 números de teléfono.

De esa lista de números, llamaba hasta que me daban las 8pm y los agendaba, conseguía citar de media unas 12-15 personas, entre ellas, 10 lo hacían porque podía estar bien, porque me seguían el rollo, o porque no habían entendido lo que les ofrecía.
Al final, aparecían a su cita 2-5 personas, y de las que no asistían, muchas pedían un cambio de fecha, otras, simplemente no tenían palabra.

De esta manera no solo tenía cada vez más clientes, también hacía amigos. Y es que pasar todo el día en la calle te acaba haciendo popular, por así decirlo. Además se ponen las piernas como las de un caballo.

Tengo que decir además, que todos los eventos que organizaba mi grupo (y el reconocimiento masivo a mi progreso en todos ellos), más las excursiones… los pódcast y libros recomendados para mejorar mis habilidades de venta y mi inteligencia financiera me ayudaron a ser mejor, y eso jamás lo olvidaré.

Narrativa en capitulos

Elegir capítulos en Narrativa

Click to rate this post!
[Total: 0 Average: 0]

Tarot moderno para principiantes

Si conectas con mi forma de expresarme y te interesan los lenguajes simbólicos como el tarot, quizás también conectes con el lenguaje de mis cartas: directo, intuitivo y claro. Puedes verlo aquí👇🏼

Sígueme