Capítulo 7
Tras instalarme en el piso, mi día a día consistía en aplicar lo que aprendí viviendo en Granada. EL MÉTODO, que consiste en pasearse todas las calles, como si pintaras con tiza la pared de un laberinto para no perderte, de modo que no andes mil veces por el mismo lugar y dejes otros sin recorrer. Es dejar un currículum en todas las tiendas, TODAS, aunque te entre la inseguridad al pensar que no es para ti o que no te van a dejar pasar por la puerta si quiera, hay sitios que causan esa sensación, por ejemplo las joyerías. Para mi sorpresa tuve una entrevista en una de ellas, aunque me rechazaron por presentarme «sin corbata» en la entrevista. Mejor para mí, la verdad, no congenio con gente snob.
Después de dejar por lo menos 20-30 CV al día, (4h andando), por las tardes me iba a la biblioteca a descargar películas pirata, (año 2016, ¿ok?) porque en casa no tenía wifi, y mis datos alcanzaban 4GB para todo el mes. Además aprovechaba a hacer videollamadas a la familia con mímica, porque bueno, era una biblioteca…
A pesar de la incredulidad de varias personas curiosas, no me costó nada encontrar trabajo… yo lo sabía, era muuuuy típico escuchar la frase «es que no hay trabajo», pero la cuestión es que si vas a la calle y hay gente trabajando, es que por lógica, trabajo hay. El problema real era que nadie salía a buscarlo… o no en serio, al menos. Mucha gente pretendía que les saliera de debajo de las piedras por un simple boca a boca o darle al botón de «aplicar» en Infojobs, pero ese es el modo más perezoso y poco efectivo.
Hubo alguien a quien le molestó más concretamente, que yo, con 24 años y en menos de una semana tuviera trabajo sin haber rozado la frustración. Mi compañero de piso, el «maestro Reiki» de 41 años que dormía en el sofá para que el alquiler fuera más barato, en lugar de ocupar la habitación disponible.
Ese señor debía de tener algún tipo de síndrome, no tengo suficiente información para ponerle nombre, pero el tío giraba las curvas como los robots: freno en seco y rotación completa del cuerpo para cambiar la dirección y comenzar a andar… ¡y todo sin poner intermitentes! cosa que hubiera agradecido cuando se me llevó por delante una vez.
Además llegaba a casa y lo primero que hacía era abrir los armarios de cristal como un frenético, aunque fueran las 23.50h para coger las vasijas y ponerse a cocinar. Gritaba por la ventana a los vecinos porque no le dejaban dormir, aunque eso implicara despertar a sus compañeros de piso. Lo más gracioso, y también indignante, fue cuando una vez chillé cuando entró una cucaracha voladora por la ventana, y el tío decide aporrear mi puerta gritándome para que no gritara.
Ese argentino presumía de tener cultura espiritual, pero después no se aplicaba el cuento. Vale que es humano, pero predicaba con muy pobre ejemplo. Al mismo tiempo influenciaba al asturiano, que por lo visto, un par de clases de Reiki le abrieron la puerta a ese mundo y le hicieron «clic». Aunque no le hacía clic cuando el argentino ponía la casa patas arriba cuando no fregué la sartén por debajo o no repuse el papel higiénico. Ahora veo que todo eso no eran más que celos.
Al final me dijeron que me marchase, y bien por mí, porque encontré, también en menos de una semana, una casa amueblada con sofá de cuero y lavavajillas, además de piscina comunitaria por 400 euros al mes, suministros incluidos, y todo para mí sola. No se lo creían, pero me ayudaron a trasladar mis cosas así que, ahí se quedaron, con cara de «tienes que ser bruja o algo».
Sé que suena bonito y fácil, pero supuso ser igual de insistente que buscando trabajo y además utilizando toda artimaña posible. Entrar en el piso suponía un adelanto de 6 meses de golpe, es decir, 2400 euros de tajada. Ahora suena normal y hasta barato en estos tiempos, pero para entonces era un filtro que no todo el mundo estaba dispuesto a atravesar. Se los pedí a Marcos, que había conseguido reunir ese dinero en dos meses trabajando en el puerto náutico de Ibiza, obviamente, porque así había logrado sin proponérmelo, la casa a compartir con mi novio, aquello que había impulsado todo el movimiento.
Y aquí, en este punto de la historia donde parece que ya lo tengo todo… la casa, el novio, el trabajo y el sitio ideal para vivir, es cuando se joden las cosas.

Para empezar y yendo directa al grano, Marcos era tóxico. Era adicto a la marihuana, y si no la fumaba cada día los síntomas del mono le causaban sudor frío, malestar físico, síndrome de pierna inquieta, desvaríos y ataques de rabia sin sentido. ¿Yo lo sabía? no. Aprendí con esa relación lo que supone estar con alguien enfermo. Mira que me metieron vídeos y folletos explicativos de lo malas que son las drogas, eh. Pero lo único que retuve era que YO no debía drogarme, sin tener en cuenta que estar cerca de un drogadicto, también tiene consecuencias… sobre todo emocionales.
Cierto día me desperté con la intuición y la mente claras de que debía deshacerme de él. Tal vez ocurrió solo un mes más tarde, cuando empecé a darme cuenta de que OTRA VEZ, Marcos me robaba la alegría. Él había encontrado trabajo en la manzana de atrás del complejo turístico en el que trabajaba yo, así que dado que compartíamos la llave del portal en base a quien llegaba antes del trabajo, esa vez pensé rápido y le dije que yo llegaría antes que él, por un cambio de turno. Cogí todas sus cosas, que sorprendentemente cabían en una bolsa de plástico normal, y le pedí al recepcionista del hotel que lo guardasen a su nombre. Fui a trabajar y le mandé un mensaje diciéndole que las fuera a recoger….
Marcos armó tal desquicio que tuvieron que custodiarme los guardias de seguridad en mi puesto de trabajo, me gustó que mi encargada me defendiera, pero la jefa me despidió. Karma instantáneo.
Por entonces yo tenía dos trabajos, y de todas formas, le devolví todo el dinero que me prestó para pagar la entrada al piso en un sobre, quizá no tenía techo donde dormir esa noche, pero me preocupé de que al menos tuviera dinero para comprar el billete de avión de vuelta a casa si quería.
A los dos días, literalmente, volví a tener un segundo trabajo, también en la misma zona, y de hecho, uno estaba al cruzar la calle del siguiente, asi que los horarios se balanceaban perfectamente. No le expliqué a mi madre lo que estaba pasando, supongo que porque siempre supe que a ella no le cayó bien, y admitir que había metido a ese parásito en mi casa cuando las cosas me iban tan bien me daba vergüenza, e igualmente, me supe arreglar sola, así que me comí por dentro la angustia que sentía al pensar que Marcos podría romper la puerta de un hachazo en cualquier momento, cualquier día, estuviese yo dentro o no.
Aquella idea se emparanoió en mi cabeza por demasiadas semanas, se juntó con una apertura de mi mente relacionado con el propósito de mi existencia. De repente, trabajar como camarera, servir helados, limpiar habitaciones o vender ropa y/o comestibles me hacía sentir vulgar y vacía.
Pensaba a diario en lo que me haría sentir segura, en las cosas que me gustaban y que haría por amor y sin sentirme obligada por nadie, pensé en los animales, la naturaleza, la espiritualidad, el arte… pero mi sistema estaba forjado a entender el mundo de la manera más tradicional. Si siempre escuché que los músicos se mueren de hambre, jamás concebí la idea de cantar más allá del entretenimiento personal. Y así mi cabeza daba vueltas en bucle hacía todo lo que me gustaría que fuera seguido de una congoja en el estómago, por verlo inviable.
Al final consideré la idea del adiestramiento canino, y también del guarda forestal. Me parecía plausible, busqué en internet opciones y hablé con personas del gremio para que me dieran feed-back de cómo es la cruda realidad, para abandonar la idea antes de que fuera tarde, aunque no tuviera nada mejor.
Mientras tanto, en una de esas visitas a la capital para indagar sobre los cursos que se ofrecían en internet, un tipo me interceptó mientras esperaba en el semáforo. Me dijo que me había visto en el autobús, cosa que por suerte recordaba yo también, y me preguntó si podíamos compartir el camino mientras fuéramos en la misma dirección. Acepté, y entonces aprovechó cada minuto del trayecto para presentarse, de dónde venía, a qué se dedicaba, me habló de su familia, me contó sus gustos personales… todo en tiempo récord, para que al kilómetro, cuando nos separábamos, confiara en él lo suficiente para darle mi número de teléfono.
Me interesó su historia, precisamente en ese instante en el que iba más perdida que un pollo sin cabeza en mi vida, porque me contó cómo había logrado dedicarse al submarinismo. Se trataba de alguien que hacía frente a la vida de la misma manera que yo, su truco consistía en trabajar de manera gratuita en las tareas más pesadas de un centro de buceo, a cambio de titularse para poder trabajar siendo reconocido profesionalmente. Los cursos de la empresa PADI son bastante caros, el primero (Open Water) costaba 300-400 euros, pero el de último rango llegaba a los 1800€.
Claramente tomé nota de su experiencia y decidí probar a hacer lo mismo en cuanto regresara a casa. Justamente, al día siguiente, me llamaron los de uno de mis trabajos, querían despedirme por no se qué cosa contó de mi una de mis compañeras. Me dijeron que no era personal, solo querían mantener un espacio de trabajo sano, pero en vez de despedir a la otra, me iba yo. Me tomó por sorpresa totalmente, todas PARECÍAN tan majas…
Tardé 0,2 minutos en superarlo, tenía 400 euros en mano que me dieron por el finiquito y sabía exactamente dónde usarlos. Fui al centro de buceo que había al lado de mi otro trabajo y les sugerí primero lo que aquel extraño me contó… trabajar a cambio del título, Y ACEPTARON.
Me sentía tremendamente feliz bajo el agua, y más feliz aun, al salir… oxigenada perdida, claro. Cada día contaba cuantas estrellas de mar veía, cuántos erizos, peces raya y pulpos. Además me hice muy amiga de mi entrenadora, con la que quedaba después del trabajo y de las inmersiones. Debajo del agua uno puede sentirse como un astronauta, controlar la presión como si fuera la gravedad en base a la respiración, te hace sentir como si tuvieras un super poder, creo que no hay nada igual. Recuerdo como ella y yo bailábamos en ese espacio azul, inmenso y silencioso, o nos poníamos cabeza abajo, solo porque podíamos…o hacíamos mímica para ver cuánto tiempo podíamos conversar así.

Por suerte para mí, no tuve que trabajar ni medio día, simplemente me regalaron el título, por mi cara bonita, supongo. Fátima hablaba muy bien de mí, de que parecía haber nacido para eso… imagino que por eso esperaban que pagase los cursos siguientes y con eso recuperar la inversión, ya que cada curso tenía una duración muy corta, apenas 8-20 inmersiones. Cuantas más seguidas hagas, antes se acaba.
Sin embargo, mi vida tomó otra dirección cuando también me despidieron del único trabajo que tenía ya, otra vez… (aj, ¿¡por qué?!) por una compañera estúpidamente celosa. El gallinero inquieto cada vez que me desenvolvía mejor con los clientes, o simplemente el jefe me saludaba solamente a mí al llegar. Nuevamente el sentimiento de vacío existencial y de vulgaridad afloraba por mis poros, preguntándome por qué no me dejaban vivir tranquila y qué hacía yo para atraer a tanta gente tóxica.
Terminaron los 6 meses de alquiler prepagado y me tomé más en serio que nunca los cursos que había estado indagando, y ya que no podía permitirme los títulos de PADI sin trabajo, decidí cambiar de casa, aunque Marcos no me hubiera molestado, seguía con el miedo detrás de la oreja alertándome para que no confiara.

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