Capítulo 5
Había mantenido las conversaciones con Fer por videollamada a diario, a veces solo nos mirábamos a través de la pantalla sin decir nada mientras estábamos recostados cada uno en su cama, él en Irlanda y yo en Ibiza… casi esperando que cayéramos dormidos del sueño, o del aburrimiento.
Las cosas se estropearon a pasos agigantados, mientras vivía con mi tía a causa de «diferencias irreconciliables» con mi padre, teniendo que lidiar con la custodia compartida de mis perritas, y poniendo el grito en el cielo al ver que es capaz de arrearles severa paliza solo porque le ladran a un extraño (Arya es una perra protectora). Te das cuenta de la importancia de las cosas cuando alguien es capaz de tratar mal a aquello que más quieres, por muy mal que te hayan tratado a ti toda la vida.
Sorprende realmente cómo pasan las cosas, como se sincronizan…
Mi hermana insistía en que trabajase con ella en el mismo sitio, habiendo tantos en la isla ofreciendo trabajo con desespero… yo le dije que mi intuición decía que no iba a durar más de un mes, no porque no quisiera (aunque ilusión no me hacía, la verdad) si no porque en fin, lo sabía, en plan Spiderman, que algo pasaría aunque no sabía qué. Pero ella erre que erre.
Antes de eso, decidí pasar antes por Sevilla a ver a mi madre por su cumpleaños, me di cuenta en esa ocasión de que nunca le había ido a ver para ese propósito, y me avergüenza admitir que lo hice porque se cruzó la idea inesperadamente al mirar billetes para ver a Fer. La hija del año.
Estuvo bien, fuimos juntas de compras y le dejé elegir su regalo, me preguntó «¿qué escojo, el bolso o la blusa?». – «¿Por qué elegir ma?» Creo que fue una de las pocas veces que hice un gesto que realmente se merecía. Lo aprecio porque ese fue su último cumpleaños. Lo que escuché en aquella canalización hacía unos pocos años atrás se cumplió. Dos de tres, de momento.
Luego al ir a Irlanda me di cuenta de todo, de lo mucho que me entrego en la ilusión de estar en pareja cuando ni siquiera nos conocemos, que cuando empiezo a conocerlo se rompe el enamoramiento hacia la idea del amor y queda un chico que en el fondo solo estimo como amigo.
[…]
Dos semanas y media y estoy asqueada de ese trabajo, ya no tengo novio, mi tía está todo el día colgada del brazo y taladrándome porque ha visto a través del reflejo de luz la forma de un cerco de agua en la encimera de la cocina. No hay tregua… y para colmo el coche me deja tirada en medio del campo a las 22h. REZO.
Me lo tomo en serio, además. Cada día durante al menos siete días reservo como poco 30 minutos para imaginar que soy feliz, que vivo por mi cuenta y que no trabajo en un sitio que me da totalmente igual, que las cosas se solucionan. Siguiendo un método muy simple, AGRADECER.
Suena paradójico, pensé, me dije… o sea mi vida da asco y lo que hago es dar las gracias. Pero tiene sentido siguiendo las instrucciones, cuando te piden que recuerdes cómo se siente cuando la vida no es desesperante, cuando realmente vivir tiene sus cosas buenas, de manera que tu cuerpo vibra con la sensación de ese recuerdo, y en ese momento le dices a tu cerebro, «bien, ¿ves que bien nos sentimos? vamos a replicarlo bajo estas otras condiciones» et voilà.
Después de esa semana me acordé de repente de Nekane, una mujer que conocí en Valencia cuando viví allí por un tiempo. Le conté cuatro cotilleos en un par de llamadas de teléfono y luego le dije que vivir con mi tía era agotador, y en esas Nekane me ofreció las llaves de un estudio de 80m2 al día siguiente si quería. Justamente y a la par, mi jefa decide pagar conmigo las frustraciones del negocio, por la puerta grande amiga, pues el despido supone cobrar el paro y la dimisión no, já. Mil gracias. Me relamí cuando le recordé a mi hermana la precognición, y enmarqué en mi memoria su cara, que era todo un poema.

Me encuentro tumbada en mi cama con el corazón medio roto, desasosegado pensando en por qué nunca funciona bien. Pensando en por qué aun con los 30 años todavía soñaba con la idea de encontrar una media naranja. ¿No me había dado suficientes bofetadas?
Ya estaba instalada en Torrente, un pueblo de Valencia. Ese mismo al que fui en el pasado poco antes de uno de los mejores momentos de mi vida (…) Mi madre me abrazaba para consolarme, siempre venía a ver en qué clase de habitáculo me había instalado para hacer arreglos o chequear que podía estar tranquila por mí, y cuando ya no tenía que preocuparme de familiares desquiciantes salieron hacia fuera los monstruos que trataba de contener. Puro drama. Mi madre ahí y yo llorando por un chico, qué gilipollas.
Pero esas reflexiones importan, importan porque si te paras a ver que pierdes la fuerza soñando despierto en lo que quieres y esperas de otra persona, sin darte cuenta de que en realidad estás huyendo de lo que deberías darte a ti misma, la felicidad.
Mi madre se fue despidiéndose de Arya con un abrazo largo y caluroso, y aquello me dio miedo, como si lo supieran las dos, como si tuvieran un secreto que no querían compartir conmigo.
Luego de eso pasé todo el verano poniendo en práctica una de mis mayores verdades. Quería trabajar para mí, quería crear algo propio, no sabía qué, pero sabía cómo, y empecé a trabajar en mi marca, en mi web y en todo lo que pudiera funcionar online, algo debía salir de ahí, sabía que se podía… y sabía también que no era cosa de dos días.
Empecé queriendo plasmar en cojines, posters, camisas y tazas todos los dibujos que había hecho con los años, pero en fin, de verdad… quién, ¿quién en su sano juicio se gasta 14 euros en una taza BLANCA y luego 6 euros más por el dibujo? Ese negocio no va a ningún lado, sale más a cuenta crear la taza desde el puro barro.
Pero caí en cuenta, de que mi lado espiritual estaba ahí guiándome siempre, y sieeeempre andaba mirando el tarot, con el desquicio de que no entendía muy bien el simbolismo, y me dije, ¿y si hago otras? Bingo. Lo gracioso es que me tocó aprenderme el simbolismo sí o sí para crearlas de cero, quería ser fiel a su significado.
Pero en fin. En ello estoy aun dos años más tarde y deseando que continúe.

Elegir capítulos en Narrativa


