Capítulo 4
De vuelta a casa, en Ibiza. Estaba en la mesa del comedor hablando con mi padre y mi hermana cuando me preguntaron lo clásico: “Y ahora cuál es tu plan”.
¿No? Pretendía empezar una vida más asentada en Irlanda y por cosas de la vida no salió como esperaba, pero ¿es eso culpa mía? Siempre lo parece.
Las apariencias engañan, alguien que siempre sigue el fulgor de una estrella fugaz no da muestras de que sepa a donde va, pero aquí la menda sabía lo que se hacía, ni siquiera pensaban que había regresado de la isla esmeralda con 7 mil euros ahorrados. Ella, que tenía previamente una deuda que daba vergüenza, sí, ella misma.
– Pues mira, ahora mismo mi plan es tomarme unas vacaciones, ¿te parece bien? Y si no, también.
[Volvamos unos meses atrás] Navidad, año 2021. Irlanda.
No tengo ni una pizca de ganas de volver a España, nadie me espera, nadie me ha pedido que vuelva, así que aquí me quedo… Pero no pienso quedarme llorando frente al lago.
Los cuervos siempre graznando a mi paso, posándose en todo árbol del cual paso por al lado… miro siempre al cielo creyendo que escucho algo, pero aun no lo entiendo. Son susurros místicos, esta tierra es especial, me transmite algo y quiero averiguarlo.
[…]
Es hora de otra aventura. Cojo el autobús y me dirijo a Dublín, alquilo un Airbnb en la ciudad, lo más barato que he podido encontrar y no está nada mal, 60 euros por noche, cuando de normal suelen pedir algo más del doble, la suerte está de mi lado. Cuando llego es una habitación grande… pero compartida, no pasa nada, mi compañero es simpático y silencioso, PERO trata de ligar conmigo.
Aj, ¡¿por qué?! Lo gracioso es que paseaba las calles pensando que encontraría el amor en un parque o en un choque involuntario paseando por la calle como en las películas. Lo que encuentro es un romance que ni me va ni me viene, un viajero empedernido, un árabe que presume de profesión y de ofrecerme un anillo.
En Dublín la frase que más oí fue “It’s up to you”, pero para todo eh… si pregunto por donde llego a la estación me dicen que puedo elegir ir por arriba y ver el puente o por la derecha y atajar, “depende de mí”. Luego pregunto que si puedo coger el bus C36 para ir al centro o mejor llego con el tren por si fuera más rápido o qué, y otra vez “bueno, depende de ti”. Ajá.
Vi muchísimos sin techo, no durmiendo en el suelo pero si caminar por la calle con andrajos, mala actitud y botellas de alcohol en la mano. No miento diciendo que yo no quise pasear por al lado sin miramientos, de hecho vigilaba mis espaldas como si fuera un país peligroso, no deja de ser una ciudad, en la ciudad la gente es de otra manera.
Al cuarto día cogí otro autobús que me dejaba en las afueras, un poco más al sur pegado a Dublín, y cuando llego me encuentro en una urbanización retirada. La casa del retiro es de dos plantas, tiene un patio con césped que la bordea, y está a 15 minutos andando de la playa. Al abrirme la puerta aparece una mujer delgada, pelirroja y con rizos, la clásica belleza irlandesa de piel clara y apariencia de hada.
En vez de decirme hola, me abraza, me mira a los ojos, me sujeta las manos y me sonríe como si fuéramos hermanas. Luego me indica que deje mis cosas en la habitación que hay frente a la sala donde están todos. Cuando lo hago, me desarmo de todas mis ropas quedándome descalza y con leggins. Siento la mirada de dos personas en el otro lado, me sonríen. Parece que ya me quieren, y todo esto es muy raro.
Cuando entro en la sala donde estaban todos me los encuentro sentados en el suelo con montones de cojines, apoyando sus espaldas en la pared. Es la noche de fin de año, muchos se conocen ya porque llevan días ahí, días enteros sin ducharse. Son cerca de las 22h y es momento de “conectar” en una habitación un poco más cerrada, hacemos unas breves presentaciones, bailamos, meditamos… Y cuando finalmente son las 00.00h prendemos en la chimenea aquello que deseamos que se lleve el fuego, a la vez que tomamos un sorbo de ayahuasca mezclada con bastante agua, al tomarlo me recuerda al sabor del barro.
Estamos todos tumbados en el suelo sobre colchones, algunos tienen una pica al lado de su cabeza por si necesitan vomitar, pero a mi ya me molesta el hedor de aquellos que resisten en su piel la mugre del sudor acumulado… así que me pongo lo más lejos posible, al lado de la ventana.

Los dos guías que hacía un rato me habían preguntado qué había ido yo a hacer a un retiro espiritual (y no creyéndose que no tuviera alguna especie de crisis) empezaron a cantar y tocar la guitarra. No conseguí conectar, empecé a oír a la gente reír, levantarse y hacer cosas extrañas en la penumbra. Pedí otro trago y ya no quedaba nadie salvo yo, lo supe cuando sentí la presencia de ellos dos a mi costado cantando y tocando solo para mí, porque ellos presentían que yo seguía tocando tierra.
Fue entonces cuando me solté, mis brazos se colocaron en otra postura involuntariamente y escuché en sus voces la sonrisa. Acto seguido me encontré en una sala totalmente psicodélica, con ojos gigantes alados cuya pupila se movía como si fueran bocas y me decían con voz aguda y estridente “déjate llevaaaaar”, pero yo huía por debajo del agua, era una sirena y mis escamas, piel, huesos y tripas se desprendían de mi cuerpo por la succión de un gran agujero negro que quería engullirme.
Al otro lado me encontré ya, en otro espacio, otro tiempo, una vida pasada.
Estuve en todas ellas, siendo un guardia real de Oriente Medio, cuyo cometido era custodiar a la princesa. Fui un caballero también, observaba la roca que hoy en día guarda la historia de Excalibur y el rey Arturo, y a mis espaldas se encontraban las puertas de su reino, la húmeda vegetación se hallaba toda a mi al rededor, y debía cumplir con mi cita en la mesa redonda donde encontrarme con mi rey. Y fui una roca misma también, en cuya experiencia compartía el espacio con dinosaurios. En ese espacio podía sentir que el grano de tierra más minúsculo tenía relevancia en la existencia. Todo forma parte del todo. Todos son importantes, toda materia forma parte de la energía y la energía es todo.
“¿Cuántas dimensiones hay?” Pregunté centenares de veces, entre salto y visión… – cuántas dimensiones hay-… la respuesta llegó al final, en medio del basto Universo, entre las estrellas de nuestra galaxia. – “13”. Pero no termina ahí, sentí que era una respuesta ambigua, para que me quedara satisfecha, `para que entendiera que no hay límites. Pero… “trece son las dimensiones disponibles para ti”. Y desperté.
El resto del tiempo en el retiro consistía en compartir historias íntimas y socializar estilo comuna. Me hice amiga de las dos personas que me echaron el ojo mientras me cambié a mi llegada.
Gracias a eso, cuando terminó mi tiempo en el restaurante pude pasar unos últimos días en casa de Elena, y mientras estaba con ella hice turismo de nuevo… con Fernando.
Fernando era el mejor amigo de alguien que conocí el verano que ahorraba para irme a Irlanda, y mientras paseaba por las calles con él nos íbamos haciendo amigos, es un chico español, de Valencia. Alto, y realmente amistoso. Daba gusto visitar el sitio con buena compañía.
En un momento dado de diluvio compartimos paraguas, pero de repente me veo hablando sola mientras camino. (?)… dónde coño está. Miro atrás y casi no lo veo parado a 5 metros de mí… en la penumbra y bajo la lluvia con cara de circunstancia, pensándose más de dos misisipis si regresar a mí, o pensando si devolvería yo mis pasos. En cuanto lo veo otra vez a mi lado y le pregunto qué pasó, me dijo fascinado que solo se había agachado a atarse los cordones, pero que fui yo embalada y hablando sola la que lo dejó atrás como un perro mojado… Creo que reí media hora.
Las calles de Dublín en la noche cambian totalmente, ahí te das cuenta de lo mucho que se sueltan con un “poco” de alcohol, si había Covid les daba igual, ¿para qué respetar un metro y medio de distancia si podían estar a 20 cm entre ellos y del guitarrista? Todo sea por la noche y la fiesta, la fiesta y la cerveza… ¡ay, su adorada Guinness!

Y eh aquí, como íbamos diciendo.
Me escondía en mi cuarto porque no había compañía mejor, salvo la suya. Fernando y yo hablábamos cada día por videollamada desde que nos conocimos, y en esas le dije:
– Me voy de viaje, iré sola o acompañada, pero si vienes, mejor.
Y así mismo, en cuestión de dos días ya tenía los billetes comprados. Y menos mal…
En esa semana que pasé en casa de mi padre solo sirvió para que me hiciera trabajar y acto seguido me echara de casa, nada más ni nada menos que no tener tiempo de deshacer las maletas para tener que irte otra vez. Esta vez la batallita tenía que ver con no compartir la comida. ¿Cómo es posible que tu propio padre te ponga un candado en la nevera? O TODO O NADA. El muy capullo quería que le regalase 150 euros de comida porque sí, “o si no ni una balda te dejo.” Adiós muy buenas. Y todo un día después de que le preparáramos una fiesta de cumpleaños.
[…]
Grecia fue una bocanada de aire fresco. El suelo de mármol, las columnas griegas en cualquier casa de una calle cualquiera. Los cantos griegos en el restaurante y esa familiaridad tan divina… (hasta me quitaron las flores del pelo cuando le pregunté una dirección a un extraño).
Fer y yo empezamos un “nosotros” en ese viaje. Esa comunión que se encuentra raras veces cuando viajas con alguien y no hay batallas de ego sobre quien quiere ir a donde o cuando, visitar un lugar nuevo y sentirte libre. Me sorprendió lo fácil y rápido que pasé página de mi extraña obsesión, pero la verdad no es tan sencilla, ¿o sí?

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