Capítulo 3.
“En cash” dije cuando me preguntó cómo me habían pagado en el hotel. Se quedó un poco de piedra, quizá eso fue en mi favor.
No me habían dejado en buen lugar por haber rechazado un trabajo a causa de las habitaciones, pero es que tampoco me dijeron que en Irlanda había que darse de alta uno mismo a la “Seguridad Social”, para que te dieran un número de afiliación y con él contribuir al Estado. Sin eso, no cobras. Literal.
Resulta que encima de ser complicado el alta, tardan más de un mes para enviarte el número por correspondencia, lo hacen así para asegurarse de que verdaderamente vives ahí, así que cuando llega dicha carta es el día más feliz de tu vida, porque hasta ese momento, tus 2000 euros de sueldo no pasan de 400 €, lo retienen ellos hasta que por fin, cuando lo recibes y se lo comunicas a la empresa, ellos lo registran como su número de empleada y tú puedas hacer vida normal y dejar de mendigar por las esquinas. Muy fuerte.
Eso sí, cuando por fin cobras el dinero retenido parece que te ha tocado la lotería. Mi consejo: Ves con tu hucha antes de instalarte ahí, porque se las traen.
Mis primeras semanas, dinero a parte, fueron intensas en todos los sentidos. Todos decían que yo sabía inglés, que se me daba bien, pero es que son muy majos.
Lo cierto es que hablan tremendamente deprisa y cuando aprendes con los videos y los libros lo normal es ir a una velocidad lenta para la comprensión. Si les dices “Hablas muy rápido” se ríen, y luego hablan más rápido o igual, y tú te quedas con cara de perdida… pero no importa, te lo repiten.
Lo más angustiante fue no tener ni un minuto de tregua… no hay escapatoria, puede que no quieras hablar porque te sientas exhausto, pero cuando te hablan, lo hacen en inglés, y es imposible desconectar. Intenso es poquito, y más porque vas a trabajar, no a hacer turismo, de modo que aunque olvides hasta tu nombre pasadas unas horas, aun así toca hacer frente a la situación… ahí es cuando realmente aprendes.
Aprendes a no traducir, a pensar directamente en el idioma. Pasaron cerca de tres meses para mí, el dominarlo digo… el que no me tuvieran que repetir las cosas tres veces, el no confundir una palabra con otra que se le parece, tiene su mérito solo si te das cuenta de que para ello ha habido intención y ganas cada hora y minuto del día, día a día.
Me llamaba enormemente la atención su carácter, nunca en mi vida había oído tantas veces en una misma hora “Sorry/Thank you” tan amables y condescendientes que asusta. Aunque luego con el tiempo me di cuenta de que solo es educación, no un carácter real.
Realmente me sentí bienvenida, porque no solo me explicaban las cosas con paciencia y benevolencia, era un lujo sentir halagos todo el tiempo, sin embargo, aun así pasó.
Pasó que un día, no sé si porque me harté de que me corrigieran errores sin importancia cada dos por tres, sumándole al hecho de que aun batallaba con el idioma y las costumbres, o qué… pero mi corazón se aceleró a una velocidad que nunca, ni en una maratón me había ocurrido.
Solté la bandeja en cualquier lado y corrí a esconderme, me senté junto a un compañero que tomaba su descanso. Un segundo después, el vértigo se adueñó del resto de mi cuerpo, me faltaba el aire, pensé que me caería, que vomitaría… pero sucedió otra cosa, estallé en lágrimas mientras hiperventilaba, mis ojos se inyectaron en sangre y perdí el control, no había forma de parar. Pánico… tuve un ataque de ansiedad.
Mi compañero llamó al manager que cuando me vio, me pidió que subiera las escaleras a la habitación del personal, y fue ahí, cuando vi por primera vez una emoción igual de intensa que las mías… no dejo de ver la escena en mi cabeza, porque creo que jamás en mi vida lo olvidaré.
Entró de golpe y sin esperarlo, traía un Sprite y me lo sirvió en el acto, con movimientos torpes debido a la excitación. Él, mi gerente, mi jefe alto y guapo de ojos azules estaba teniendo un ataque de ansiedad también, pero no era como el mío, el suyo se debía a la preocupación. Le dijeron lo que me pasaba y vino al rescate, pero no pudo sostener la situación… y yo mientras estaba fuera de mí, no me llegaba suficiente aire para sobreponer los nervios, mis ojos estaban hinchados y me tiraba del pelo…fui incapaz de decir una sola palabra… todo, mientras le vi dar vueltas por toda la habitación, como si tuviera la tensión por las nubes, pedía disculpas aun no sé por qué… y salió huyendo tan rápido como entró. A lo largo de mi estancia vi esas huidas más veces, pero aquella me dejó realmente en el aire.
Y es que después, tumbada en mi cama comprendí toda la situación, visto con perspectiva, desde que había llegado a mi nueva vida, durante las dos semanas que llevaba no había recibido ni una sola llamada de mis padres, de ninguno, ningún familiar había tomado contacto conmigo, como si me odiaran por irme, como si pensaran que dejar el país significara dejar este mundo.
Ahí estaba yo, sola, en un lugar lleno de extranjeros (aunque la extranjera ahí, era yo), afrontando un nuevo trabajo, en otra casa, otra ciudad, con otra gente que no conocía de nada y sin el apoyo de quienes se suponía, estaban programados para amarme.
6 meses pasé en Irlanda, ellos a mí no me llamaron ni una sola vez.

Por suerte, luego llegó Irene, y sin poder llegar a imaginármelo, comenzó una nueva obsesión. Ahora tenía una confidente, pues antes era mi madre, mi madre y mi hermana eran las personas que escuchaban todos mis dramas, así que ella adquirió el nuevo papel.
No me había dado cuenta, pero, ¿Tan difícil era de ver?
Al menos ocho saludos en una misma mañana.
A cada visita, un brillo en la mirada.
La ayuda inesperada, el rescate a cada asunto trivial que me pasara.
A cada encuentro, el temblor en las manos y la respiración agitada.
La vigilancia constante en las espaldas.
La excusa incansable para hablar conmigo a solas…
No lo vi a tiempo. Y cuando me percaté, Irene dijo: “¿Pero, tiene novia?”
Ay de mí.
Mi respuesta, claramente, fue que si la tenía, ¿por qué iba a tratarme así? No lo hacía con ella, ¿verdad? ni con nadie más en el restaurante. Podían haber 5 personas en la sala que él solo pronunciaba mi nombre con su saludo, y pese a eso yo había estado ciega, pero el resto no.
Con el pasar de los días no había un alma que no pegara el oído cuando él me mencionaba, y cada vez que la atención se cernía encima, él levantaba un poco más el muro, se iba forjando una máscara, y conforme más resistente y dura era más agonía me causaba. “¿Le he hecho algo?, ¿por qué de repente finge no verme?. ¿Por qué ya no lo veo casi nunca?”
-NO DEBO, NO DEBO, NO DEBO. Es mi jefe…-
“Da igual, tengo que expresar lo que siento”. Así que fui al trabajo, entro en la cocina y de un segundo al otro la chef me mete en la cámara de frío y adentro, a escondidas me pregunta…
– Te noto algo, qué te pasa, ¿estás enamorada?
– Joder…. Pues, creo que sí.
– ¿Es Killian?
– ¿Quién has dicho? ¡Ah! ese… no, pf! que va.
Entiendo por qué se le ocurrió esa persona, unos días atrás dije abierta e ingenuamente “I love him” y entendieron que le quería, cuando quise decir que me encantaba… un error tonto, por demostrar que me caía en gracia, y desde entonces el chisme pululaba por ahí…
– Pues dime quien, ¡va!
Tomé un suspiro par contener los nervios, tratando de no sollozar para mi vergüenza de admitirle a alguien lo que sentía. – Es… William.
– Oh venga, no puedes. Tiene novia.
El jarrón de agua fría que sentí me congeló las venas más duro que el frío de la cámara en la que estábamos encerradas. Me sentí patética y furiosa. ¿Por qué mierda me había hecho todo ese caso?!, ¿qué coño le pasa a ese?! EN MI PUTA VIDA, DE VERDAD.
Pero no pude apagar lo que sentía… porque notaba algo extraño.
Noto algo que solo me pasa con él, ¿por qué oigo su voz en mi cabeza y después pronuncia esas palabras en voz alta?
Por qué será… que presiento que está cerca, y cuando me giro lo veo justo detrás de mí.
¿Por qué tengo esa sensación de que sé quién es? Sin conocerle de nada…
Mi mirada se perdía en alguna parte de su cuerpo como si viera al vacío, pero viendo más allá algo que no podía descifrar.
Ese enigma me estuvo torturando a diario, mientras iba haciendo y sobrellevando mi vida bajo una admiración obsesiva. Un chaval, no más que un chaval de 24 años llevando una empresa de 25-50 empleados. Un restaurante de alta reputación, popularidad excesiva.
Y yo… me volví a ver de nuevo en otro espejo, sí… un espejo. Su reflejo no devolvía mi cuerpo, podía ver mi propio potencial, las posibilidades a mi alcance si era capaz de ver mi propia luz tal y como veía la suya.
Mis habilidades, mi ingenio, mi agilidad, mi empatía… era como si me las hubiera robado, plagiado. No me había reconocido nunca en alguien así, conforme más me obsesionaba más le observaba, cuanto más le observaba más me reconocía y reconocía el vínculo.
Irene me dijo una vez, “soy de las que piensa que las sensaciones son recíprocas, sí tienes tan seguro eso que sientes, probablemente sea así”.
Me despidió. Suena crudo, lo sé. Así lo sentí yo, cuando lo hizo no dio una explicación… no tenía ninguna. Seguramente sentir ansiedad cada vez que me ve, creer que no respeto su autoridad por a saber qué motivo debe ser razón suficiente para sacar de tu vida a quien te de la gana cuando se encuentra en tu territorio, ¿cierto?
Ahí terminó el capítulo, pero no nuestra historia.

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