Capítulo 2
Nada más llegar la diferencia fue abismal. También me di cuenta de que fue un salto a la aventura, no me había preparado suficiente… Di mil gracias al comprobar que seguía teniendo internet nada más bajarme del avión.
Mi primera parada era Connemara, Irlanda. Es una pequeña zona rural al noroeste de la isla. No era difícil llegar, un par de autobuses… de unas 3 horas de trayecto, y listo.
Al llegar lo único que vi fue una simple carretera, eso es todo. No habían pequeños mercados, ni una gasolinera, nada. Una parada de autobús y un hostal de carretera. En algún lugar debían hacer la compra digo yo, o quizá no, quizá comen de su propio huerto.
No, no me imaginé que me fueran a quedar solamente 20 euros para cuando llegase a mi destino, después de ganar casi 2000 euros en mes y medio de verano, entre el avión, los test de Covid y las deudas… doy gracias a que por lo menos fueran a servirme unos huevos fritos en el nuevo trabajo.
Y ahí estaba yo, cuando me recogieron y llegamos, me encontré en un hotel de los que sirven tazas de porcelana rosa para el té y todo el suelo enmoquetado. Justo detrás, un pequeño laberinto de árboles y jardineras, donde fácilmente podías perderte y encontrar setas, dada la humedad del lugar. Se convirtió en mi sitio favorito, donde hacer mis mejores fotos y mis meditaciones más profundas.
La zona del personal estaba en una pequeña cabaña privada donde compartíamos la cocina, el lavabo y el salón… y las habitaciones. Ahí empezó mi primer traspiés, me dijeron que eran privadas. Bien, no lo eran. Habían suficientes habitaciones para cada una de nosotras, enormes y con calefacción central, ¿por qué compartir? – Porque sí, y punto. – Dijeron. (Dejaré para luego a qué derivó esa pequeña contradicción)

La idea de encontrarme en Irlanda era, primero de todo, recuperarme financieramente, debía al Gobierno de España la cantidad ridícula de 4900 euros, a pagar fraccionado durante un año 420 euros mensuales. Estábamos en una crisis mundial y era bastante imposible pagarlo a menos que mi madre (la cual se ofreció) se endeudara con el banco y lo fuera pagando ella con el sueldo de pensionista, obviamente me negué.
Ir a Irlanda no era solo una cuestión de sanar mis bolsillos, era un control de calidad. Durante todo el tiempo del que dispuse encerrada en casa pude comprobar que según las estadísticas, Irlanda tiene un índice per cápita increíblemente elevado, lo que quiere decir que gracias a todas las empresas multinacionales que ingresan allí, tienen mucho mucho dinero, y por tanto, los sueldos son elevados. La calidad de vida en consecuencia, excepcional, un entorno rústico y natural, una sociedad con buenos modales, con un clima frío y húmedo donde las lluvias son el día a día con un rango de temperatura media de 6º, lo más sorprendente es que si te haces a la idea y tienes ropa abrigada, no es tan terrible.
Durante mi primera semana se fueron alternando las tareas del nuevo trabajo, limpiando las habitaciones del hotel vs lidiar con la situación de buscar un nuevo sitio donde no me obligaran a compartir mi espacio íntimo con otra persona, no es nada personal, los hay que no saben estar solos y los hay, que no soportan no quedarse solos ni un momento del día ni para descansar.
Como dije, aquel rincón secreto detrás del hotel era un buen lugar para meditar y escaparse de los problemas, ni siquiera llegaba la cobertura. Fue ahí donde pude sentir sin distracción la sensación de que mi ángel guardián se sentaba a mi lado para dejarme claro un mensaje: “Pide en voz alta, deja clara tu intención”. Así lo hice, ahí mismo sentada en un columpio lleno de musgo, recé por un cambio sin trastornos y sentí como si un genio de la lámpara concediera mi deseo.
Y también… sentí que así estaba orquestado para conocer a una persona que debía llegar a mi vida por destino. Era como un fantasma que presientes y no puedes ver.
No más de unas 24h después, la empresa que me iba a contratar, situada en Kilcolgan, a menos de 10 km de Galway, al oeste de Irlanda, me ofreció un puesto de camarera en un restaurante de marisco. La llamada fue por video, las dos personas que estaban al otro lado de la pantalla fueron una señora de unos 55-60 años y su hijo, que parecía tener mi edad en ese momento.
Entre tanto hablábamos de la nueva situación no pude evitar quedarme mirando al chico y pensar, “con que ahí estás…” y ver cómo precisamente en ese momento en que lo pienso, su lenguaje corporal esquiva la conversación que solo tiene que ver con el trabajo. Extraño.
Dicho y hecho, ahora tocaba volver a coger el autobús, despedirme de mis amigas las plantas y los caballos de la parcela de al lado, y claro, de mis compañeras de cabaña, que no me importó no volver a ver. No eran malas personas, pero volví a dar gracias a Dios por cambiar de entorno, no es sano trabajar con un personal tóxico que constantemente se queja, hace la pelota a los superiores o compara personas y situaciones sin ahondar en los detalles de las circunstancias.
20 euros + 250 de unos días de trabajo, lo suficiente para coger el autobús rumbo hacia el sur y comprar comida.
Cuando llegué a Galway la cosa cambiaba, y mucho, Galway es una ciudad pequeñita con las calles empedradas, tiene una pequeña playa, centros comerciales, estación de autobuses y de tren. Nada mal. Ahí me recogieron mis nuevos jefes, no me atreví a mirarle a él a la cara, era alto, rubio, ojos grandes y azules y de buena constitución… noté en él alegría, vigorosidad, impaciencia y un pensamiento acelerado, pero también tendencia a la negatividad. Sí, así de un vistazo. ¿Será de signo acuario? Nunca lo averigüé.
Cuando llegamos, mi estancia consistía en un dúplex independiente frente a un lago de cisnes, suelo de madera, calefacción central, con una salita en la entrada, una cocina americana en la esquina, un pequeño trastero y una habitación en la planta baja, mientras que en el piso de arriba estaba la habitación grande y un lavabo regular. Al ser la primera en llegar y dado que mi futura compañera aun tardaría dos semanas más, cogí la habitación grande. La casa estaba llena de telarañas y sin comida.
Aun así, me sentí enormemente feliz de que las cosas se resolvieran bien, la empresa mediadora se aseguró de que no habían inconvenientes en esta ocasión, y por descontado, los nuevos jefes demostraron una actitud completamente sana comparado a los primeros, empezaba, ésta vez sí, mi nueva vida en Irlanda.

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